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Balance entre trabajo y vida: el mito que nos hace sentir miserables

Mis hijas ya están en sus 20s y viven fuera de casa, pero eso no significa que necesiten menos de su mamá. Siempre hay algo: una decisión importante, un consejo, una consulta de último minuto. Un día, mientras estaba concentrada en una propuesta para un cliente, una de ellas me escribió pidiendo mi opinión sobre un trabajo que debía entregar en unas horas. Sabía que si no le respondía rápido, se quedaría estancada, así que dejé lo que estaba haciendo y la ayudé. Cuando por fin volví a la propuesta, ya no tenía la misma claridad de pensamiento y terminé tardando más de lo planeado.

La trampa de la culpa constante

Nos han vendido la idea de que “el secreto está en el balance”, como si existiera una fórmula mágica para estar 100% presente en el trabajo y 100% presente en la familia, sin perder la cabeza en el proceso.

Pero la verdad es que la vida no funciona así.

A veces respondo correos en la noche porque quiero.
A veces cierro la laptop temprano porque mis hijas me necesitan.
A veces atiendo a un cliente en horario de descanso porque prefiero adelantarlo.
A veces no hago nada de lo anterior porque simplemente no puedo más.

¿Eso es falta de equilibrio? No. Es la realidad.  Mi realidad.  Y es así como, día a día, voy encontrando mi propio balance. Porque el balance vida trabajo es muy personal.  No se trata de horarios solamente.

El problema no es la cantidad de horas, es la calidad del tiempo.

Nos han hecho creer que la clave es contar horas: 8 para el trabajo, 8 para la familia, 8 para dormir. Pero si fuera tan fácil, ¿por qué todos seguimos agotados?

El problema no es cuántas horas pasamos en cada cosa, sino cómo nos sentimos en cada una de ellas. Porque cuando hago un taller que me llena, no me importa que el trabajo se mezcle con mi vida.
Cuando paso una tarde tranquila con mis hijas, no me importa que el celular esté apagado.

Pero cuando estoy con ellas pensando en correos pendientes, o en una reunión deseando estar en otro lado, ahí es donde me siento drenada.

No es cuestión de separar, sino de estar presente en lo que sea que esté haciendo.

¿Y ahora qué hacemos?

Después de años de intentar separar, organizar y “balancear” todo, entendí que la vida no se equilibra, se diseña.

📌 Hay días en los que mi trabajo me necesita más, y lo atiendo sin culpas.
📌 Hay días en los que mis hijas me necesitan más, y elijo estar ahí.
📌 Y hay días en los que elijo a la única persona que siempre olvido en esta ecuación: a mí misma.

El truco no está en dividir perfecto el tiempo, sino en dejar de castigarnos por no lograrlo.

¿Qué deberían hacer las empresas?

Si realmente queremos hablar de bienestar, las empresas deberían:

✔ Dar flexibilidad real. No todo el mundo trabaja mejor de 8 a 5.
✔ Medir resultados, no cuántas horas pasamos conectados.
✔ Normalizar que la vida personal no es un obstáculo para la productividad.

Y sobre todo, dejar de hacernos sentir que pedir tiempo para vivir es un privilegio y no un derecho.

El desafío es desaprender

Nos enseñaron a separar el trabajo de la vida como si fueran enemigos. Pero la verdad es que están completamente mezclados, y está bien que así sea.

No se trata de dividir. Se trata de encontrar una forma de integrar ambas cosas sin sentirnos en falta todo el tiempo.

Yo todavía no lo tengo resuelto. A veces logro desconectarme, a veces no. A veces le respondo a un cliente fuera de horario, a veces no. Pero lo que sí sé es que no voy a medir mi éxito por qué tan bien logro separar el trabajo de la vida, sino por qué tan bien logro vivirla.

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